Hasta la Mantequería Sánchez

Según se bajaba el escalón situado a la entrada del portal a mano izquierda, allí dónde había una cruz realizada sobre el cemento, contaba la leyenda que Doña María enterró a un perrito que se le murió. En ese sentido estaba la bodega de Gimeno. Un señor bajito con el pelo cano que tenía como ayudante a quién siempre conocimos como el bodegof. La bodega era de las que ya no existen. Tenía diferentes cubas dónde almacenaba vino y otras con aceite que vendían a granel. Me encantaba bajar con mi padre a comprar el vino no sólo porque a veces me invitaban a un traquito de Quina Santa Catalina sino porque me encantaba ver funcionar la bomba que emvasaba el aceite, limpiar el interior de las botellas presionando sobre el dispositivo del que salía un chorro de agua a presión y sobre todo porque me daban chapas de Cinzano y Martini para jugar a las chapas.

Cuando la bodega cerraba al mediodía aprovechábamos para jugar a las chapas en el largo escalón que le daba entrada. La salida la teníamos en el escalón de mi portal. Desde allí un ligero pero certero golpe con los dedos debía hacer saltar la chapa hasta el escalón de la bodega sin que cayera a la calle. El siguiente golpe debía de aproximarnos al dintel que separaba las dos puertas del establecimiento dónde el escalón se estrechaba en el sentido de la carrera dejando un carril de tan sólo tres dedos por dónde la chapa debía desplazarse unos cuarenta centímetros en el tercer impulso. Atravesada la estrechez un certero cuarto golpe con el lateral del dedo índice podía darte la victoria si desbordabas el escalón al final de su tramo largo.

Cuantas tardes pensando en cómo sería el limbo al que había ido ell pobre perro de Doña María, dándole a las chapas, jugando al "Gallo o gallina" agrupando las hojas de una ramita de acacias con un sutil desliz de los dedos hasta crear un pequeño penacho, desgranando las vainas de sus frutos no comestibles, disfrutando de los charcos con nuestras botas catiuscas e intentando ser el "rey de la montaña" de un montón de tierra que delataba alguna obra cercana.

Más alá de la bodega estaba la lechería de Pepe y Choni en la que su padre Eco también tenía a disposición de los clientes las bombonas de butano que alimentaban las cocinas y calentadores de nuestras casas. Su casa estaba en la trastienda del establecimiento y en ocasiones jugueteábamos por su habitación no sin molestar a su madre que estaba pendiente de la tienda en la que se oía el tintinear de las botellas de leche y de los yogures entonces retornabes más que reciclables.Reconozco que me sorprendía la habilidad de despachar que tenían Pepe y Choni cuando su madre estaba ocupada.

Compártelo